Ryne Moore: Yandere as a philosophy of Love
Chapter 49 - 2:
—¿Por qué aquí? —cuestioné al fin, con la voz todavía algo ronca del sueño—. ¿No hay otras formas de disfrutar tus últimos días?
Ella apretó la mandíbula un solo segundo, antes de volver a su sonrisa. —No lo creo —contestó, con los ojos cerrados—. ¿O tú qué crees, Nolan?
Su rostro se tensó un segundo, pero no le dejé responder. —Lo podrías disfrutar de otras formas —contesté—. Eres Mayo. ¿No tienes lugares que visitar? ¿Familia a la cual saludar? ¿Comida que probar?
Mayo soltó una carcajada, pero sus ojos no se movieron de los míos. —No —declaró, por fin bajando la mirada—. No logro pensar en un mejor lugar que este.
No tenía una respuesta a eso, pero Nolan apretó mis hombros, como si necesitara ayuda. Sonreí, colocando mis dedos en los suyos, viéndolo sonreír, sintiendo cómo dejaba de temblar.
—Nunca fuiste de las que amaran el trabajo —agregó mi mago, confirmando que mi tacto le da paz—. No entiendo tu decisión, Mayo.
Sus labios se separaron, inclinando la cabeza cuarenta y cinco grados. —¿No te dije a ti? —preguntó, pero en sus palabras había un caballo de Troya oculto—. Creo que solo se lo dije a RyneRyne; qué descuidada.
Los ojos de mi hombre se abrieron, viéndome a mí, luego a ella, mientras separaba sus dedos de los míos. —¿A qué te refieres?
Ella cerró los ojos, congelando el ambiente, secando mi garganta. —Dentro de poco me voy a casar, Nolan —dijo, y algo en su tono perdió el naranja que la caracteriza, bajando a algo que casi era quieto—. Me mudo a Arabia Saudita; nunca voy a regresar.
Puso una mano en la mesa, sintiendo cada grieta de la madera. —Creo que sus ojos me lo dicen —continuó, tocando la pared—. Creo que me entienden.
—Mayo —susurré, sintiendo cómo me ardía la garganta—. No sabía que tú... no, no ibas a regresar.
Bajó la mirada, despegándose de la pared, regresando a la mesa. —No quiero irme sin esto —continuó, viendo el local con esos ojos negros que a esta hora parecían más grandes—. El olor, el orden, las personas. Esta nueva forma de sus vidas —nos miró a los dos—. No quiero olvidarlo; quiero sentirlo, sentirlo de verdad, no como un lugar que solo existió.
Lágrimas salieron de sus ojos, cayendo en la mesa de madera con unos suaves pam pam. —Tal vez no sea lo mejor para ustedes, o lo mejor para nadie... pero quiero experimentar algo de esto. Algo que no voy a volver a tener. Por lo menos, por lo menos una vez.
El silencio que siguió tenía una textura específica. El tipo de silencio que nadie quiere romper.
Bajé la vista al suelo, viendo mis zapatos gastados, algo imperdonable en Noruega, normal aquí. —Nolan —rompí, con la voz temblorosa—. ¿T-tú qué piensas? —lo volteé a ver—. Tú eres el jefe aquí, y yo como tu novia aceptaré lo que tú digas.
Él me vio por un segundo, antes de ver el suelo. Sus dedos tamborilearon sobre su pantalón, antes de que yo le tomara la mano. Sé que lo necesitaba; por eso lo hice.
Inhaló profundo antes de responder.
—Dijiste que te vas el martes —dudó Nolan, dudando de sus palabras mientras me veía.
Los ojos de Mayo brillaron contra la luz de las farolas decorativas, como si ese indicio de positividad activara algo en ella.
—Solo va a ser por lo que me queda de semana —aclaró Mayo, antes de que él pudiera responder. Sus ojos encontraron los de Nolan con una calma que no le había visto en todo el día—. Como antes. No va a ser mucho tiempo.
Lo miró.
Nolan lo pensaba con demasiada atención.
Hasta que levantó la vista.
—¿Nolan? —pregunté, viendo cómo le sostenía la mirada.
Giré la cabeza apenas cuarenta y cinco grados, sintiendo el rechinar de mi cuello, como un shiiinn de terror. Cuando la vi, lo noté.
Sus ojos negros no estaban de adorno. Le sostenían algo que yo reconocía. Eran los ojos de un día en la playa sin zapatos. Los ojos del sí de Mayo.
—¿Y qué dices, Nolancito? —preguntó, cruzando las piernas.
Y con ese movimiento...
TunTun TunTun TunTun Tun.
TunTun Tun TunTun Tun.
TunTunTun TunTunTun TunTunTun.
TunTunTunTunTunTunTunTunTunTunTunTun.
...Mi corazón reaccionó de mala manera.
—Está bien. Puedes trabajar —respondió Nolan, con la voz temblorosa.
TunTunTunTun TunTunTun TunTunTun.
TunTunTun TunTun TunTun Tun.
TunTun Tun Tun Tun Tun Tun.
Tun.
Tun.
Tun.
Tun.
Mayo sonrió.
Fue hacia él, rodeándolo con los brazos, recargando su gran pecho contra el de mi hombre. Nolan ya había despegado sus dedos de los míos, perdiendo las fuerzas que yo le daba.
Como si perdiera el equilibrio, cayó sobre su asiento con Mayo aún en el cuello. Ella no lo soltó; se instaló en sus piernas, como una sanguijuela.
¡Respira!
¡Respira!
Gritaba por dentro, pero mis manos ardían, mi mente perdía color. Todo apuntaba al exhibidor. Todo mi cuerpo gritaba: ¡Mátala!
Pero mi mano derecha sostuvo mi izquierda, recordándome mi promesa con los dedos temblorosos.
Quiero seguir siendo feliz. Había pedido como último deseo.
Aún era fuerte para sostener esa idea.
Por un segundo, con su cara tan cerca de la de él, el ángulo entre los dos era tan pequeño que cualquier movimiento en la dirección equivocada lo hubiera cerrado del todo.
—Gracias, jefecito —le susurró ella, mientras Nolan se apartaba al verme—. Por eso eres el mejor, mejor, ¡mejor! —le decía como festejo; mis manos se apretaban.
Mientras mis ojos caían en el exhibidor de pastelillos. 𝐟𝐫𝕖𝗲𝘄𝚎𝗯𝕟𝐨𝕧𝐞𝚕.𝕔𝕠𝐦
Pero se separó, con una sonrisa más curvada de lo normal.
—Comienzo mañana —anunció, tomando su abrigo del respaldo con la eficiencia de quien ya consiguió lo que vino a buscar—. No lleguen tarde.
Clinc clinc.
Salió.
Nolan soltó un suspiro largo, del tipo que no se planea, que solo sale cuando algo que estaba apretado encuentra por fin espacio para soltarse.
—Fue un error —dijo, en voz baja, casi para él mismo—. Un error, un error, un error.
Yo lo miré, sintiendo cómo mi mano perdía su circulación, soltándola como reflejo. —No lo fue —dije, acercándome—. Lo hiciste por tu gran corazón, mi amor.
Él no respondió; solo se quedó callado, viendo el suelo.
—Di ahaa —dije, acercando una galleta de mantequilla—. Viene el rabiosito frrummm —decía, moviéndola arriba y abajo.
—Qué hacer, Ryne —preguntó, levantando la vista a mis ojos.
—Estacionando el avión, ¿no ves? —repetí—. Vamos; el piloto no ve la rampa y el avión hace frumm frumm —él sonrió, abriendo la boca, recibiendo una muestra de mi amor—. O no. Esa no era la pista de aterrizaje; los pasajeros han caído en la boca de un hermoso gigante.
—Qué estás diciendo —rio, con una nueva sonrisa, tomando mi mano.
Sin perder el tiempo, me senté en sus piernas, en el mismo lugar donde Mayo casi me había robado, reclamando el espacio con la misma naturalidad con la que alimentaba hermosos gigantes.
—Siendo la peor piloto del mundo —contesté, tocando su mejilla con apenas las yemas de los dedos; estaba caliente—. Pero la mejor novia del universo.
Las bajé a su cuello, acercándome con un beso.
—Aún siento que lo que hice estuvo mal —repitió—. O sea, ¿quién en su sano juicio contrata a Mayo? Soy un desastre.
Sentí cómo sus hombros bajaron. Cómo su respiración encontró su ritmo de siempre, el que yo conocía de memoria, el que me pertenecía.
—Tranquilo, amor —dije, recargándome en su pecho—. Solo va a ser una semana.
Él me envolvió con los brazos sin decir nada. Su corazón latía acelerado contra mi hombro, más rápido de lo que debería a esta hora, en este silencio.
Nos quedamos así un momento. Él recargando su barba sobre mi cabeza, mientras yo apreciaba su olor.
—Tienes razón —dijo al fin, apoyando su frente contra mi pelo—. Cuatro días no es nada —rio, viéndome a los ojos—. No sé qué haría si no estuvieras a mi lado.
—Tal vez regresar a casa sin zapatos —reí, dándole un beso, uno en sus temblorosos labios.
—Tienes razón —sonrió—. Pero ya es hora de cerrar —dijo, con una media sonrisa que ya era más la suya—. Y dejar lo que podamos listo, para que Mayo arruine lo mínimo posible.
Reí. Una risa pequeña, genuina, de esas que salen solas sin ningún propósito útil.
—Podemos comenzar cerrando —dije, bajando de sus piernas.
Nos repartimos el trabajo como siempre, en silencio, en nuestra sincronía de dos años. Yo las sillas, él la cocina. Yo la barra, él la caja. Todo en su lugar, todo en su marca, todo exactamente como debía estar.
Pero mientras acomodaba las tazas en la repisa, con las asas mirando hacia la derecha, pensé en sus manos tocando la mesa. En sus pasos encima de las marcas del piso. En esos ojos negros viendo el local con esa expresión de quien quiere llevarse algo que no es suyo.
—Solo una semana —me repetí en voz baja, alineando la última taza—. Y nunca más te volveré a ver —dije, aunque no sonreía por eso.
Apagué las luces.
Y el local quedó en orden.
Aquel día desperté igual, me vestí igual y seguí el mismo camino. Vi el local ya abierto, algo común los fines de semana. Mi entrada fue recibida con el clinc clinc de la campanilla.
Pero también por sus ojos.
—Qué madrugadora, RyneRyne —dijo Mayo, colocándose mi gorra con descuido—. Esta semana va a ser muy divertida; te lo prometo —sonrió, o al menos eso intentó—. También voy a ser una chica feliz. Amiga.